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De Nicki Minaj a Beyoncé, las «bien pagás» de los dictadores africanos
«Felices fiestas», decía el cartel anunciador de la gala navideña que cada año organiza en Luanda la compañía líder de telefonía móvil de Angola y que se celebró el pasado sábado. Pero mucho más grandes eran las letras con el nombre de la estrella de la noche, Nicki Minaj. La visita de Minaj habrá sido el acontecimiento social de la temporada en Angola y una alegría para su cuenta bancaria, pero también supone un puñetazo a la imagen de la rapera. Hace dos semanas, Human Rights Foundation (HRF) advirtió que detrás de Unitel está Isabel dos Santos, hija del dictador angoleño José Eduardo dos Santos. La compañía de telecomunicaciones no es la única empresa con la que Dos Santos ha engordado su fortuna –a golpe de soborno y decreto presidencial–, en un país que controla desde hace más de tres décadas con puño de hierro y violaciones constantes a los derechos humanos. Su hija Isabel es la multimillonaria más joven de África, con intereses, según «Slate», en el petróleo, la construcción, las telecomunicaciones y los llamados «diamantes de sangre». Este mismo mes, Transparencia Internacional la situó como uno de los quince casos más graves del mundo de «corrupción a gran escala». HRF rogó a Minaj que cancelara su actuación, pero la rapera hizo oídos sordos: se subió al escenario y lo celebró en un vídeo en Instagram con el mensaje «Angola se lleva mi corazón». Por ello ha cobrado 2 millones de dólares. Es difícil pensar que Minaj no supiera nada de la mala fama de la familia presidencial angoleña. Otra estrella «pop» estadounidense, Mariah Carey , con quien compartió jurado en el reality televisivo «American Idol», cantó para los Dos Santos en una gala similar en 2013. Carey era reincidente y con agravante, ya que había prometido no actuar nunca más para un dictador después de que se conociera que participó en un espectáculo privado para el dictador libio Muammar Gadafi. Tuvo que despedir a su representante ante la indignación de sus seguidores. La rapera en una imagen de promoción- ABC Carey y Minaj no son excepciones, ni un fenómeno reciente. En 1974, el dictador de Zaire Mobutu Sese Seko organizó un festival espectacular en Kinshasa con una legión de estrellas del momento: James Brown, Celia Cruz, B.B. King y Bill Withers estaban entre los contratados, preparados para actuar antes de la gran estrategia publicitaria de Sese Seko, el legendario combate de boxeo entre Mohammad Ali y George Foreman (que finalmente se postpuso). De viejos dictadores a reyes contemporáneos: a Erykah Badu le llovieron las críticas el año pasado por cantar en la fiesta de cumpleaños del Mswati III, el Rey de Swazilandia, un pequeño país encajonado entre Sudáfrica y Mozambique. Amnistía Internacional considera a Mswati el último monarca absolutista de África y HRF le califica de «cleptócrata». Badu se disculpó y dijo que no era consciente de la situación política del país y que repartió el dinero entre el servicio de la casa en la que se alojó. También en África, pero en la otra punta del continente, residía la dictadura con más gusto por los famosos. Muammar Gadafi y sus hijos eran, hasta su derrocamiento como presidente de Libia, los grandes reclutadores de estrellas. A veces en cumpleaños en Trípoli, otras en fiestas de fin de año en St. Barts, contrataron, entre otros, a Beyoncé, Usher, Nelly Furtado, 50 Cent o Enrique Iglesias. Algunos, como Beyoncé o Furtado, donaron su salario. El otro gran foco de dinero sucio para las celebrities han sido las repúblicas surgidas tras la desintegración soviética. Muchas de ellas han dado lugar a dictadores sustentados por el petróleo o el gas que se dan el gusto de llevarse a estrellas occidentales. Ramzan Kadyrov, por ejemplo, es el «gadafi» de la región. Es el «señor de la guerra» que controla Chechenia tras la muerte de su padre, el ex presidente Akhmad Kadyrov, en 2004. En la celebración de su 35 cumpleaños, contrató a Hillary Swank y Jean Claude Van Damme, y actuaron el cantante Seal y la violinista Vanessa Mae. Jennifer López ofreció un concierto privado para Kurbanguly Berdymukhamedov, presidente de Turkmenistán; Kanye West, ahora marido de Kim Kardashian, cantó en la boda de la hija de Nursultan Nazarbayev, dictador de Kazajistán; Sting se llenó los bolsillos con la familia de Islam Karimov, mandamás de Uzbekistán, con un historial espeluznante de violaciones de derechos humanos. Sting incluso lo justificó en que los «boicots culturales» son «contraproducentes». Lo que sí fue productivo fue su tiempo: se calcula que cobró entre 1,5 y 3 millones de dólares por bailarle el agua a un dictador sanguinario.


www.abc.es | 12/24/15 12:23 AM
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